martes, 19 de octubre de 2010

"Cuenta hasta diez", ya en formato eBook


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Ya está disponible el eBook de "Cuenta hasta diez" por sólo 5 €:
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lunes, 8 de marzo de 2010

Presentación del libro CUENTA HASTA DIEZ, de Isabel Garzo


"No me gustan los sietes ni los nueves. Los confundo, los olvido, me incomodan. Son provocativamente impares, orgullosos, altivos. Quizá por eso me hirió especialmente la lágrima que descendió cuando sólo había contado hasta siete. O quizá fueron las cien cosas que no hice con él, o las que hice mal, o las que hice a medias. O la rabia de pasarme los días y las noches contando hasta un diez que nunca llega."

Cuenta hasta diez es un libro de relatos contemporáneos de títulos sugerentes que no siguen unas directrices concretas de fondo y forma. El hilo común que los une es un ritmo joven y reflexivo, un estilo sencillo centrado en los objetos y las sensaciones que tiene como objetivo que comprendamos un poco mejor esas pequeñas cosas que tienen el poder de turbarnos más que las grandes. Están dirigidos a aquellas mentes que buscan un pistoletazo de salida para reinventarse y sacar sus propias conclusiones.


"Un libro que te atrapa es una buena compañía, pero es una compañía exigente. Cuenta hasta diez tiene el aura de una compañía incondicional. (...) Isabel Garzo nos conduce por el amor puro y poderoso de los olvidados, de los no vistos, de los que anhelan en secreto pero con total determinación. A través de la palabra la figura del no deseado se convierte en un gigante que levanta del suelo su enorme poder seductor." (del prólogo de Marcos Andrés, vocalista de Vinodelfín)

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Qué mejor que un día 10 para presentar el último lanzamiento de Incógnita Editores: el libro de relatos Cuenta hasta diez, de Isabel Garzo.
El acto tendrá lugar en un escenario poco habitual para un evento literario: la mítica sala Lasal de Madrid, que el 10 de abril abrirá sus puertas a las 19:30 h para acoger una celebración alejada de las presentaciones "al uso". Contando con diversas sorpresas, culminará con los conciertos en acústico de los grupos BONUS, habituales en los escenarios madrileños, y VINODELFÍN, que vendrán expresamente desde Barcelona. Allí mismo se podrá adquirir el libro acompañado de un marcapáginas exclusivo de la primera edición.
Esperamos que nos acompañes en una noche cuya única pretensión es que todos los presentes disfruten de una fusión de dos formas de arte, la música y la escritura, que en realidad nunca han estado separadas.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Tiritas

¿Alguna vez se han mezclado en tu cuerpo todas las sensaciones, las físicas y las de más adentro?
¿Han confluido en tu abdomen la rabia, el hambre y el dolor hasta hacerse indistinguibles unos de otros?
¿Te has sentido mal, simplemente mal, completamente mal?
¿Has notado esa molestia en la garganta, tan real como una enfermedad pero más pesada, más duradera, más espesa?
¿Has sentido que el agua no quita la sed y la cama no calma el mareo, sino que lo multiplica?

¿Que tiritas y no estás seguro de si tienes frío?

Yo sí. Y, si me dejas,
puedo prestarte
una tirita.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Manual para equivocarse menos


—No deberíamos decir “te quiero” —dijo Ocho—. Lo justo sería decir “me quieres” cuando nos sintamos queridos. Eso sí que debería alegrar a la otra persona, comprobar que sus esfuerzos por querernos han dado resultado y a nosotros nos ha llegado ese amor. Si yo he conseguido o no “querer” a la otra persona... ¡eso lo tiene que decir ella!

—Podríamos decir, si acaso, “quiero quererte” —coincidió Diez—, pero eso debería ir acompañado de un “enséñame cómo” o, al menos, de un “¿lo hago así bien?” Así, medimos el amor no cuando sale del emisor, sino sólo cuando llega de forma eficaz al receptor.

—Exacto. “Te quiero” es sólo una declaración de intenciones. Lo más correcto sería “dime tú si estoy consiguiendo quererte”. Le estás queriendo cuando haces lo que a él le hace feliz, no lo que tú crees que debería hacerle feliz.

Quince había permanecido en silencio hasta ese momento, pero se decidió a intervenir.

—Acepto que si sabes que algo es importante para el otro, lo hagas aunque para ti no lo sea. Pero ser generoso y escuchar de verdad no es lo mismo que ser sacrificado y amargado. Si, tras varios intentos, la persona con la que estás sigue sin recibir el amor que le intentas dar, no tienes que estar con esa persona. No puedes cohibir tu forma de ser.

—Es cierto —convino Diez—, hay que adaptarse hasta cierto punto, pero no somos robots. Si pasado ese límite seguís sin encajar, tienes que aceptar una derrota. Para que funcione, es necesario que las cosas que él necesita a ti te haga feliz hacerlas. Que os fascinéis, que nunca os canséis de veros.

Quince siguió con su exposición.
—Por otro lado, si te habías hecho a la idea de lo que para ti era el amor, ¿por qué tienes que renunciar a ello? Eso haría que tu día a día fuera tremendamente incompleto.

—Por supuesto que puedes concederte licencias y cumplir pequeños sueños, pero ten cuidado de que no se convierta en un acto egoísta en el que tú haces las cosas aún consciente de que la otra persona no las percibe como amor, simplemente porque forman parte de la idea que te habías hecho de una relación. Representar un guión previamente soñado tiene muchos peligros: él puede aburrirse, tú puedes descubrir que no resulta como lo pensabas...

—Hace poco leí algo interesante sobre esa idea —dijo entonces Dos—. Al principio, proyectas en una pareja todos los deseos que tú tenías, tu “ideal” de relación. A medida que avanza la relación, siempre se diferencia de tu ideal. Siempre. En tus manos está aceptar la diferencia o seguir buscando ese sueño...

—¡Pero todo el mundo tiene derecho a cumplir sus sueños! —exclamó Quince, que no quería conformarse.

—Sí, pero no a toda costa. No destruyendo por ello a los otros. Incluso cuando él cumple todos tus sueños, si tú no cumples los suyos tienes que resignarte a renunciar a ello. La pareja debería ser la transacción comercial más justa y equitativa.

Quince miró a Diez a los ojos.

—Me hacía ilusión que en nuestra relación hubiera un osito de peluche y una tarjeta, y él no me lo iba a regalar. Quiero decir... que no hace falta que el otro desee lo mismo, sino simplemente que entienda tu forma de amar y que no le cueste darte lo que necesitas. Si todo el día tiene que estar esforzándose, si para él no es natural darte lo que buscas, entonces se cansa. Hay que estar dispuesto a moldearse sólo un poquito. Si no se es capaz de ver la forma de entender la vida del otro, de aceptar que es distinta a la nuestra pero lícita y de esforzarse un poco en completarle, no se le puede hacer feliz.

—Claro —afirmó Dos—. A veces vemos clarísimo que algo nos duele y que nosotros no habríamos actuado de esa manera. Pero, ¿sabe el otro que nos duele? ¿Lo sabía antes de hacerlo? Hay que hablar, decirnos lo que necesitamos. Muchas veces al otro no le importaría dárnoslo.

—Exacto —dijo Diez—, y pero esforzarte en darle lo que quiere es muy distinto a disfrazarte de él o a fingir coincidencias inexistentes. Por ejemplo, nunca entendí esas tácticas que consisten en hacerse los duros para interesar más a una persona. ¿Acaso no quieres que se enamore de ti, y no de un personaje que has creado?

—Yo también estoy en contra del orgullo y de las estrategias —dijo Dos.

Ocho volvió a tomar la palabra para hablarles de su experiencia: —Cuando mi pareja me envía un mensaje que me alegra el día, yo en ese momento nunca contesto. Creo que ése es “mi momento”, que es un homenaje que ella me ha hecho en ese instante. Contestarle cualquier frío “yo también” o improvisar algo ingenioso me parecería injusto, me parecería casi como pisarle su idea. Otro día, yo tendré la ocurrencia y ella tendrá su momento. No hay que interpretar siempre el que se supone que es tu papel.

—¿Ves? —dijo Quince— Cuando te va bien con alguien todo fluye. En otras relaciones detalles así son impensables, porque las cosas no son naturales. Cuando alguno de los dos está haciendo un gran esfuerzo, todo estalla. En realidad, cualquier situación que pudiéramos imaginar sería válida, siempre que te esfuerces por traducir la forma de querer del otro, que lo recibas con una sonrisa porque realmente le quieres escuchar.

—Quieres entender cómo te quiere —dijo Diez muy bajito, casi para sí.

—Pues enséñale —propuso Ocho—. Enséñale a quererte.

—¿Y si no le llega nada? ¿Y si le resbala? Supongo que sólo haces esfuerzo de interpretación de las señales si a ti te interesa que te quieran...

—Sé el crítico de su obra de arte al igual que lo es él de la tuya. Recuerda que todo arte es válido para alguien.

—Tenemos que dejar de buscar quién tiene razón y quién está equivocado. Hay mil formas de que una pareja funcione, y otras tantas de que se eche a perder, y a menudo eso no está relacionado con quién haya tenido razón más veces, sino sólo con la forma de hacer las cosas, de actuar ante los fallos del otro, de pedir perdón por los propios.

—Todo radica en la actitud —dijo Dos—. En lugar de echar cosas en cara a la otra persona, tienes que buscar por qué a ti te molesta tanto eso.

—“¿No serás tú la que...?” —musitó Ocho.

—Pero hacer eso es como presuponer que la otra persona nunca va a equivocarse. ¿Y si realmente la otra persona ha hecho algo mal, y tú lo dejas pasar y buscas el fallo en ti? —quiso saber Quince.

—Es que esta actitud de mirar en ti no significa que le quites toda la responsabilidad al otro, sólo que haces lo que está en tu mano para que vaya mejor. Es un método para arreglar cosas que sí tienen sentido, que pueden ir bien. Pero sólo funciona si los dos lo hacéis. Si al final es cierto que el otro ha hecho algo mal y que el fallo no está en ti, lo notarás porque tu esfuerzo no cambiará nada, y entonces te quedarás tranquilo por haber hecho lo que estaba en tu mano —explicó Dos, decidida.

—¿Y si encuentro el fallo en mí, pero no sé cómo arreglarlo? —esta vez fue Diez la que preguntaba.

—Primero asegúrate de que ese fallo tiene relación con el problema que se supone que ha provocado, porque un gran porcentaje de las veces sólo serán complejos tuyos con los que pretendes fustigarte. Si finalmente se da esa causalidad y tu fallo fue culpable de algo... Entonces, volvemos al punto de antes. Un fallo no termina una relación. Es vuestra forma de aceptarlo, de justificarlo, de perdonarlo. Así que, al final, los dos habríais tenido parte de culpa.

—O sea, que en realidad nadie se equivoca.

—O todos lo hacemos. Lo importante es distinguir que la actitud, la forma de mirar al otro y de escucharle, la disposición a aceptar todas las cosas malas que seguro van a llegar, eso es lo que hace que una relación tenga éxito, independientemente del número de fallos o aciertos.

Las cuatro se miraron. A Ocho la estaban esperando. Quince había llorado mucho, pero ya hacía mucho tiempo que no lo hacía. Dos era prudentemente feliz, cada vez más. Diez las despidió hasta la próxima tarde de confidencias, y se prometió a sí misma poner de su parte para equivocarse menos.


I_10

[Gracias a Ocho, Quince y Dos por tantas horas de conversaciones. Perdonad que las resuma y fusione aquí tan torpemente. Espero que sigamos ayudándonos a equivocarnos menos.]

domingo, 29 de noviembre de 2009

Las cosas que no son


Si me devolvieran todas las horas empleadas pensando en cosas que no son...

Si fuera posible hacer un cálculo y, mediante algún sistema de redistribución del tiempo, recuperar las dedicadas a esperar momentos idílicos que ya no estaban ahí, a perseguir sueños que nunca llegarían...

Si, en su lugar, pudiera rectificar y dedicarlas a cosas que son, que pueden ser; a cosas imperfectas pero rabiosamente reales...

Pero es difícil escoger la amapola (simple, frágil, barata; casi gratuita) si te dan a elegir entre ella y una orquídea de tallo grueso, de blancos e imponentes pétalos. Pero cuidado: quizá deberías plantearte por qué te muestran la orquídea en un catálogo. No reparas en eso, claro. Y, aunque su precio es más caro, la decisión parece clara.

Y pasan todas esas horas, hechas de minutos feroces y vacíos, mientras contemplas en una estampa arrugada la orquídea que nunca van a entregarte. Tu orquídea hipotética, tan perfecta.

He aquí el porqué de que el ser humano se equivoque en sus decisiones, de que sea torpe manejando sus sentimientos, de que llore: las cosas que no son resultan infinitamente más atractivas que las que existen.

Si supiéramos distinguir eso... Decir que no a las ofertas sospechosas, a las cosas que fueron y no van a volver o a las que sencillamente nunca van a darse...

Si supiéramos, tendríamos tantas horas para pensar en las cosas que son que podríamos sembrar un campo entero de amapolas.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Sesión 24


Querido hermano

Se llama Elsa. Cada semana viene a mi consulta y permanece en ella durante cuarenta y cinco minutos. Habla con poca seguridad; por eso viene. Pero no sabes las cosas que dice, Pablo, no te lo imaginas. No sabes el exquisito fondo que se esconde tras esas formas tambaleantes.

En cada sesión sus palabras me invitan a reflexionar. Su forma de ver las cosas me ha ayudado en infinitas ocasiones. Y es ella la que está aquí porque quiere que yo la ayude. Soy yo la que tiene que ayudarle a encontrar una respuesta. ¿Cómo podría hacer eso si ella me las da cada día, a pares, a millares? A estas alturas, desconfío de los psicólogos más que nadie que no haya pisado nunca una consulta, y por supuesto que más que nadie que haya estudiado y ejercido esta disciplina durante años. Me odio a mí misma por seguir cobrándole por escucharla, pero la necesito. Necesito su opinión y su ignorancia, necesito su inseguridad para reafirmarme o, más bien, para lograr aferrarme de forma desesperada a los pocos asideros que encuentro.

Ella me basta para pensarme y seguramente se bastaría a sí misma para ser feliz si el mundo no se hubiera empeñado en convencerla de que había gente que lo haría mejor que ella.

Y ya es demasiado tarde, así que yo interpreto mi papel. Finjo que no tiene razón, que si la tuviera no estaría sentada ahí. De vez en cuando le concedo una tregua, le acepto un pequeño progreso; creo que es necesario para mantenerla aquí. La sensación que tiene que llevarse a casa es la de que aún le queda mucho camino por recorrer.

A veces pienso que si supiera cuánto me ayuda, ese conocimiento la ayudaría a ella. Pero entonces ya no me necesitaría.

Sé lo que me vas a contestar, Pablo; no te creas que yo no pienso en lo egoísta que estoy siendo. Pero soy aún más cobarde. Y mientras no se me ocurra otra forma de avanzar (¿la conoces tú?) la quiero aquí.

Me despido, como cada día y cada noche, preguntándome qué clase de persona soy.

M.G.

Sesión 23


- No, no tengo miedo a hacer cosas. Al contrario, opino que cuando no nos atrevemos a hacer algo es por una razón tan sencilla como que las cosas buenas que nos estamos perdiendo no son fáciles de medir. Quiero decir que es muy sencillo medir las consecuencias de nuestros errores porque están ahí, son palpables. Las cosas malas siempre quedan claras, siempre salen a la luz, solas o con ayuda. Pero las cosas buenas... todas las cosas buenas que te perdiste por no hacer algo... Esas no son tan obvias. Esas nadie te las echa en cara, sino que permanecen con prudencia en algún rincón. Pero yo creo que tienen mucho más peso, precisamente porque no han ocurrido. Tienen poder porque lo son en potencia todo. Así que si tengo dudas sobre algo, siempre elijo la acción: en el peor de los casos, me pasará una cosa mala, o un puñado de ellas. Si no hago nada, no puedo dejar de pensar en la montaña de cosas buenas que podrían haberme pasado. Bueno, supongo que todo esto no tiene tanto sentido como debiera. De ser así, nuestras butacas estarían intercambiadas...

sábado, 7 de noviembre de 2009

Sesión 17


-Te lo explicaré de otra forma. Un día me di un golpe en una uña del pie. Un buen golpe, de esos que no duelen hasta medio segundo después, que te dan ese tiempo de tregua para que puedas pensar “esto me va a doler mucho”. Inmediatamente después, el dolor tardío aparece, como si hubiera sido programado con precisión. Y es peor de lo que habías imaginado durante tu medio segundo, porque el ser humano no tiene memoria para el dolor.

Ese golpe provocó que mi uña se pusiera morada y luego negra. A mí me repugnaba mirar mi pie y ver esa uña oscura, que no parecía pertenecer a una extremidad humana. Yo tenía claro que quería volver a ver todas mis uñas claras y rosadas. No sé si me explico, toda esta historia del golpe es sólo un ejemplo para que entiendas el paralelismo con lo que hemos estado hablando. Hay una preocupación localizada (la uña negra), y no te estoy contando que entonces él viene y me da una solución a mi problema. Yo sola sé cuál es la solución, sé qué es lo que quiero. Cojo mi laca de uñas rosada (que en realidad forma parte de un pack de tres lacas para hacer manicura francesa, junto con una transparente y otra blanco-Tippex) e intento igualar mi uña con las demás. Sólo consigo un color mortecino nada agradable.

Esa tarde, viene una amiga a casa y trae su “kit de urgencia”: lacas brillantes y cubrientes, de las mejores marcas. No sé si sigues la metáfora: localizo el problema, sé lo que quiero, intento solucionarlo, pido ayuda.

Pero Chanel y Clarins e Yves son incapaces de camuflar mi uña defectuosa. ¿Viene entonces él y acierta donde todos los demás han fallado? No. Es algo distinto. Es muy importante para mí que entiendas el matiz.

Él no trae ninguna laca. Él me dice que, quizá, la forma de camuflar la uña oscura es pintar todas las uñas de color oscuro. Y yo tenía una laca color burdeos en mi neceser, desde el principio.

Él no me ayuda a conseguir lo que quiero. Él consigue hacerme querer otras cosas. No busca la solución, cambia el problema. Cambia mis deseos de sitio para que nunca me frustre, los encamina inteligentemente por la senda de las cosas posibles para que nunca se quede nada sin alcanzar. Siempre sabe hacerme mirar hacia otro lado, y en ese nuevo escaparate siempre veo algo bueno. Le necesito para subrayarme cosas, para señalarme la parte de la realidad que merece la pena. No es un mago que saque el conejo de la chistera. Es un espectador que, sentado a mi lado, pone una mano en mi rodilla y con la otra me señala la proeza. Siempre se puede hacer algo más. Siempre hay opciones.

-¿Y dices que no sientes dependencia de esa persona?

-¿Dirías tú que sientes dependencia de un electrodoméstico? No, pero no por eso dejas de utilizarlo. Sería de tontos rechazar algo que te hace las cosas más fáciles, al igual que lo sería alejarse de alguien que te ayuda a encontrar el encanto, las opciones y las soluciones donde ni siquiera se te había ocurrido buscarlos.

-Bueno, todo eso que dices tendría sus matices. Ahora son las 17:45. Hablaremos del tema la próxima semana.

lunes, 26 de octubre de 2009

Usted mismo como fuente



Hace poco asistí a una conversación entre un vendedor y un cliente en la sección de caballeros de unos grandes almacenes. El comprador se debatía entre dos exclusivas firmas de camisas, y el dependiente no dudó en aconsejarle que se llevara una de ellas porque era la que él mismo siempre usaba. ¿Era para ese elegante caballero un aliciente que ésa fuera la firma elegida por un vendedor, tan diferentes sus profesiones, su postura económica y sus exigencias?

Se está homogeneizando el valor de las opiniones. Confundimos el hecho de que todas deben ser respetadas con que todas deban ser tenidas en cuenta de la misma manera. ¿Cuántas veces escuchamos sinsentidos del tipo “es mi opinión, y por tanto es igual de válida que cualquier otra”? Cuidado. En según que campos, unas opiniones valen más que otras. La gente opina sin parar: de fútbol, de música, de psicología. Para que alguien criticara con cierto crédito debería exigirse que acreditara su conocimiento del tema. Pero no: frecuentemente la gente recurre a tópicos, obviedades e incluso disparates con tal de que conste su opinión.

Me recuerda a los primeros años de la caja tonta en nuestro país. “Lo han dicho por la tele”, decía alguien, y entonces la información era indiscutible. Ahora, esa peligrosa fuente incuestionable ha pasado a ser el propio sujeto. ¿Cuántas veces escuchamos la palabra “yo” en las tertulias de la televisión? Uno dice que cree, que piensa, que le parece. Y esa idea, aunque a veces sea rebatida, permanece en el ambiente como válida por el simple hecho de que alguien la ha expresado.

¿Alguna vez, antes de emprender usted un viaje, alguien que había visitado antes esa ciudad le ha hecho alguna recomendación gastronómica? ¿Acaso esa persona había probado todos los restaurantes de esa ciudad? En la mayoría de las ocasiones se tratará más bien de un sitio al que llegó por casualidad, ni mejor ni peor que otros. Sencillamente, cuanto tenemos un dato tenemos que soltarlo, nos quema en la garganta, necesitamos hacer que conste.
Cuestiónese, pues, usted mismo como fuente. Pero sobre todo busque cuantas confirmaciones necesite de que una opinión escuchada merece ser tenida en cuenta, y no es sólo fruto de nuestro muy humano deseo de constar, de decir, de formar parte.