
—No deberíamos decir “te quiero” —dijo Ocho—. Lo justo sería decir “me quieres” cuando nos sintamos queridos. Eso sí que debería alegrar a la otra persona, comprobar que sus esfuerzos por querernos han dado resultado y a nosotros nos ha llegado ese amor. Si yo he conseguido o no “querer” a la otra persona... ¡eso lo tiene que decir ella!
—Podríamos decir, si acaso, “quiero quererte” —coincidió Diez—, pero eso debería ir acompañado de un “enséñame cómo” o, al menos, de un “¿lo hago así bien?” Así, medimos el amor no cuando sale del emisor, sino sólo cuando llega de forma eficaz al receptor.
—Exacto. “Te quiero” es sólo una declaración de intenciones. Lo más correcto sería “dime tú si estoy consiguiendo quererte”. Le estás queriendo cuando haces lo que a él le hace feliz, no lo que tú crees que debería hacerle feliz.
Quince había permanecido en silencio hasta ese momento, pero se decidió a intervenir.
—Acepto que si sabes que algo es importante para el otro, lo hagas aunque para ti no lo sea. Pero ser generoso y escuchar de verdad no es lo mismo que ser sacrificado y amargado. Si, tras varios intentos, la persona con la que estás sigue sin recibir el amor que le intentas dar, no tienes que estar con esa persona. No puedes cohibir tu forma de ser.
—Es cierto —convino Diez—, hay que adaptarse hasta cierto punto, pero no somos robots. Si pasado ese límite seguís sin encajar, tienes que aceptar una derrota. Para que funcione, es necesario que las cosas que él necesita a ti te haga feliz hacerlas. Que os fascinéis, que nunca os canséis de veros.
Quince siguió con su exposición.
—Por otro lado, si te habías hecho a la idea de lo que para ti era el amor, ¿por qué tienes que renunciar a ello? Eso haría que tu día a día fuera tremendamente incompleto.
—Por supuesto que puedes concederte licencias y cumplir pequeños sueños, pero ten cuidado de que no se convierta en un acto egoísta en el que tú haces las cosas aún consciente de que la otra persona no las percibe como amor, simplemente porque forman parte de la idea que te habías hecho de una relación. Representar un guión previamente soñado tiene muchos peligros: él puede aburrirse, tú puedes descubrir que no resulta como lo pensabas...
—Hace poco leí algo interesante sobre esa idea —dijo entonces Dos—. Al principio, proyectas en una pareja todos los deseos que tú tenías, tu “ideal” de relación. A medida que avanza la relación, siempre se diferencia de tu ideal. Siempre. En tus manos está aceptar la diferencia o seguir buscando ese sueño...
—¡Pero todo el mundo tiene derecho a cumplir sus sueños! —exclamó Quince, que no quería conformarse.
—Sí, pero no a toda costa. No destruyendo por ello a los otros. Incluso cuando él cumple todos tus sueños, si tú no cumples los suyos tienes que resignarte a renunciar a ello. La pareja debería ser la transacción comercial más justa y equitativa.
Quince miró a Diez a los ojos.
—Me hacía ilusión que en nuestra relación hubiera un osito de peluche y una tarjeta, y él no me lo iba a regalar. Quiero decir... que no hace falta que el otro desee lo mismo, sino simplemente que entienda tu forma de amar y que no le cueste darte lo que necesitas. Si todo el día tiene que estar esforzándose, si para él no es natural darte lo que buscas, entonces se cansa. Hay que estar dispuesto a moldearse sólo un poquito. Si no se es capaz de ver la forma de entender la vida del otro, de aceptar que es distinta a la nuestra pero lícita y de esforzarse un poco en completarle, no se le puede hacer feliz.
—Claro —afirmó Dos—. A veces vemos clarísimo que algo nos duele y que nosotros no habríamos actuado de esa manera. Pero, ¿sabe el otro que nos duele? ¿Lo sabía antes de hacerlo? Hay que hablar, decirnos lo que necesitamos. Muchas veces al otro no le importaría dárnoslo.
—Exacto —dijo Diez—, y pero esforzarte en darle lo que quiere es muy distinto a disfrazarte de él o a fingir coincidencias inexistentes. Por ejemplo, nunca entendí esas tácticas que consisten en hacerse los duros para interesar más a una persona. ¿Acaso no quieres que se enamore de ti, y no de un personaje que has creado?
—Yo también estoy en contra del orgullo y de las estrategias —dijo Dos.
Ocho volvió a tomar la palabra para hablarles de su experiencia: —Cuando mi pareja me envía un mensaje que me alegra el día, yo en ese momento nunca contesto. Creo que ése es “mi momento”, que es un homenaje que ella me ha hecho en ese instante. Contestarle cualquier frío “yo también” o improvisar algo ingenioso me parecería injusto, me parecería casi como pisarle su idea. Otro día, yo tendré la ocurrencia y ella tendrá su momento. No hay que interpretar siempre el que se supone que es tu papel.
—¿Ves? —dijo Quince— Cuando te va bien con alguien todo fluye. En otras relaciones detalles así son impensables, porque las cosas no son naturales. Cuando alguno de los dos está haciendo un gran esfuerzo, todo estalla. En realidad, cualquier situación que pudiéramos imaginar sería válida, siempre que te esfuerces por traducir la forma de querer del otro, que lo recibas con una sonrisa porque realmente le quieres escuchar.
—Quieres entender cómo te quiere —dijo Diez muy bajito, casi para sí.
—Pues enséñale —propuso Ocho—. Enséñale a quererte.
—¿Y si no le llega nada? ¿Y si le resbala? Supongo que sólo haces esfuerzo de interpretación de las señales si a ti te interesa que te quieran...
—Sé el crítico de su obra de arte al igual que lo es él de la tuya. Recuerda que todo arte es válido para alguien.
—Tenemos que dejar de buscar quién tiene razón y quién está equivocado. Hay mil formas de que una pareja funcione, y otras tantas de que se eche a perder, y a menudo eso no está relacionado con quién haya tenido razón más veces, sino sólo con la forma de hacer las cosas, de actuar ante los fallos del otro, de pedir perdón por los propios.
—Todo radica en la actitud —dijo Dos—. En lugar de echar cosas en cara a la otra persona, tienes que buscar por qué a ti te molesta tanto eso.
—“¿No serás tú la que...?” —musitó Ocho.
—Pero hacer eso es como presuponer que la otra persona nunca va a equivocarse. ¿Y si realmente la otra persona ha hecho algo mal, y tú lo dejas pasar y buscas el fallo en ti? —quiso saber Quince.
—Es que esta actitud de mirar en ti no significa que le quites toda la responsabilidad al otro, sólo que haces lo que está en tu mano para que vaya mejor. Es un método para arreglar cosas que sí tienen sentido, que pueden ir bien. Pero sólo funciona si los dos lo hacéis. Si al final es cierto que el otro ha hecho algo mal y que el fallo no está en ti, lo notarás porque tu esfuerzo no cambiará nada, y entonces te quedarás tranquilo por haber hecho lo que estaba en tu mano —explicó Dos, decidida.
—¿Y si encuentro el fallo en mí, pero no sé cómo arreglarlo? —esta vez fue Diez la que preguntaba.
—Primero asegúrate de que ese fallo tiene relación con el problema que se supone que ha provocado, porque un gran porcentaje de las veces sólo serán complejos tuyos con los que pretendes fustigarte. Si finalmente se da esa causalidad y tu fallo fue culpable de algo... Entonces, volvemos al punto de antes. Un fallo no termina una relación. Es vuestra forma de aceptarlo, de justificarlo, de perdonarlo. Así que, al final, los dos habríais tenido parte de culpa.
—O sea, que en realidad nadie se equivoca.
—O todos lo hacemos. Lo importante es distinguir que la actitud, la forma de mirar al otro y de escucharle, la disposición a aceptar todas las cosas malas que seguro van a llegar, eso es lo que hace que una relación tenga éxito, independientemente del número de fallos o aciertos.
Las cuatro se miraron. A Ocho la estaban esperando. Quince había llorado mucho, pero ya hacía mucho tiempo que no lo hacía. Dos era prudentemente feliz, cada vez más. Diez las despidió hasta la próxima tarde de confidencias, y se prometió a sí misma poner de su parte para equivocarse menos.
I_10
[Gracias a Ocho, Quince y Dos por tantas horas de conversaciones. Perdonad que las resuma y fusione aquí tan torpemente. Espero que sigamos ayudándonos a equivocarnos menos.]